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LA PALABRA INVITA

LA PALABRA INVITA

martes, 26 de agosto de 2008

LA VIGA MAESTRA DE LA LEY

Los Mandamientos y el Amor,
que es el Mandamiento Principal

Miremos nuestra vida.

José, el papá de Juanito, compañero de curso de mi hijo Diego, se las rebusca de mil maneras para agregar un poquitito más a su ingresos familiares, y realiza para sus amigos y conocidos una que otra changuita, Diría que le va más o menos bien, porque se da maña, con el ingenio característico del chileno, para resolver problemas sin necesidad de estudiarlos previamente. “Echando a perder se aprende”, es su dicho favorito. El otro día aceptó construirle una bodeguita a una vecina; nada complicado, un simple galponcito para guardar un poco de leña y diversos enseres de uso no muy frecuente que estaban quitando espacio en la vivienda. Nunca había construido una bodega, pero rápidamente se la imaginó y decidió que no era difícil y, encantado, aceptó el encargo. Trabajó rápido y, en apenas un día de faenar sin descanso, presentó su trabajo y se volvió a su casa, feliz con el dinerito ganado. Mala suerte la de José. Al día siguiente recibió la indignada visita de la vecina, reclamándole porque la bodeguita se había venido abajo. Felizmente, nadie había salido dañado. Pero pudo haber provocado daños graves a las personas. José se preocupó, sólo entonces, de averiguar por qué había sucedido aquello, cuando él estaba seguro de que había trabajado bien, con palos sólidos, sin fallas, clavos de buena medida y todo bien nivelado. Le preguntó a un compadre que era constructor con estudios y fueron con él a terreno, a verificar el desastre. El ojo experto del compadre advirtió rápidamente cuál había sido el problema, y su diagnóstico fue breve y preciso: “¡La viga maestra, compadrito…, la viga maestra…!”

Comentarios:

  • ¿Qué es una “viga maestra”? ¿Qué quiso decir el compadre al referirse a la “viga maestra”?
  • ¿En que otras circunstancias hace falta un “soporte maestro” que mantenga en pie todo lo hecho?
  • ¿Cuáles son los soportes fundamentales —viga maestra, piedra angular, (a veces, también hablamos de una “llave maestra”)— en tu vida?
  • ¿Cuál es la actitud de Jesús en lo referente a la construcción de nuestras vidas?

Dios ilumina nuestra vida:

Jesús nos advierte sobre la importancia de construir nuestras vidas sobre sólidas bases y cálculos bien hechos (Mt. 7,21 – Lc. 6,47). Eso es lo prudente. El objetivo de nuestra vida es alcanzar el Reino de los Cielos. En la antigüedad, los babilonios quisieron lograr este objetivo construyendo una alta torre y fueron castigados mediante la completa confusión, justo galardón a su soberbia. Yahvé consensuó con Israel la posesión de la Tierra Prometida —cuyo símbolo fundamental es Jerusalem— a cambio del cumplimiento de la Ley. Israel dio cumplimiento a la Ley sólo superficialmente, quedándose en lo escueto (lo literal) de sus disposiciones sin adentrarse en su espíritu. Jesús lo advierte y nos llama a cumplirla sin hipocresía (Mt 23,1 – Mc 12,38 – Lc 20,45), señalando que Él mismo es un cumplidor fiel de la Ley (Mt 4,10 – Mt 5,17) que es lo que nos da libertad y entendimiento, insistiendo ante sus detractores que no ha venido a destruir la Ley ni las enseñanzas de los Profetas, sino que a cumplirlas íntegramente, y alaba a quienes se convierten al cumplimiento de la Ley de corazón (Lc. 19,1), es decir, metiéndose en el espíritu de la expresa voluntad de Dios. Esta es la forma de dar cumplimiento a la Alianza que nos llevará a la posesión del Reino de los Cielos, ya que no basta con confesar a Cristo como el Señor, sino que hay que consagrar la vida a seguirlo, es decir a cumplir su Palabra, aunque ello signifique renunciar a todo lo que hemos logrado construir materialmente (Mt. 19,16 – Mc. 10,17 – Lc. 10,18). La Ley de Moisés está sabiamente estructurada sobre una viga maestra, sobre una piedra angular, sobre una roca sólida. Apoyar las vigas secundarias de la construcción de nuestra vida en esa viga maestra de la Ley nos asegura el éxito de nuestra empresa: esa viga maestra es darse por entero a la tarea de amar: a nosotros mismos, a nuestro prójimo como a nosotros mismos, a Dios sobre todo lo demás (Mt 22,34 – Mc 12,28 – Lc 10,25), precepto este último que no se cumple si no amamos de corazón a nuestro prójimo; asumiéndolo no sólo tangencialmente, sino íntegramente (Lc 10,29), que es la sustantivación de la invitación que Jesús nos hace a seguirlo (Jn 1,35 – Mt 4,18 – Mc 1,14).
La Ley de Moisés es el código moral escrito que Dios (Yavé) entregó a Moisés (Ex 20,1), y que ya estaba inscrito en el interior del hombre desde su creación, y que conocemos como las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) cuya manifestación está en nuestra conciencia moral y se traduce prácticamente en comportamientos éticos (conducta moral, recta conciencia); tales virtudes no son ajenas a ningún ser humano, pues a ninguno se nos ha negado esa base fundamental para nuestro crecimiento como personas. La adhesión vital a estos principios básicos está recompensada con la otorgación de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), que son las que el Señor Jesús nos ha obsequiado con su venida, virtudes que son propias de Él y que nos las ha dejado como medios para alcanzar la perfección en el cumplimiento integral de la Ley (voluntad de Dios presente en nuestras obras). Podemos, con justicia, decir o afirmar que la Ley escrita nos fue entregada para suplir nuestra debilidad humana (que, frecuentemente, nos hace recaer en la soberbia de pensar que somos autosuficientes), para recordarnos que no podemos prescindir de Dios en la construcción de nuestras vidas (Sal 127). En esta estructura moral, ética la viga maestra es el Primer Mandamiento, (Mt 22,34 – Mc, 12,28 – Lc 10,25 – 1ªCor,13 – Jn 15,1) sobre el cual se fundamentan, descansan y desarrollan los otros nueve que integran la Ley entregada a Moisés. Tan importante es, que Jesús nos la resume en esta sentencia: “Traten a los demás como quieren que ellos les traten a ustedes” que es, en sus propias palabras, la llave maestra con la que podemos abrir el acceso al cumplimiento de todo lo que se nos ha mandado por Dios (Mt 5, 1 – Lc 6,20).

APOYOS BÍBLICOS:

Mt 5,17 - Lc 9,10 — Reafirmación de la Ley
Mt 7,21 - Lc 6,47 - Slm 127 — Construir con Dios
Mt 19,16 - Mc 10,17 - Lc 18,18 — Buscar la perfección
Mt 22,34 - Mc 12,28 - Lc 10,25 - Jn 15,1 - 1.Cor 13 — Mandamiento principal
Mt 23,1 - Mc 12,38 - Lc 20,45 - Ex 20,1 — Fidelidad a la Ley
Mt 5,1 - Lc 6,20 — Conductas perfectas
Mt 4,18 - Mc 1,14 - Jn 1,35 —Seguir a Jesús
Lc 19,1 — Convertirse a la Ley

Viga maestra: La que, tendida sobre pilares o columnas, sirve para sostener las cabezas de otros maderos también horizontales, así como para sustentar cuerpos superiores del edificio.

Piedra angular: La que en los edificios hace esquina, juntando y sosteniendo dos paredes. Base o fundamento principal de algo.


  • Nota: Esta unidad tiene como objetivo introducir a los catecúmenos en la reflexión de los Mandamientos, presentándolos como una estructura moral sólida que nos permitirá acometer la tarea de construir (y reconstruir) nuestra existencia en una doble dimensión: nuestra vida terrena y nuestra relación con Dios.
  • Importante es llevar la reflexión, el diálogo y las consecuentes conclusiones hacia el fundamento de nuestra existencia, que es responder al AMOR DEL PADRE con nuestro AMOR DE HIJOS, el que ha de manifestarse en las obras: Dios ha creado para nosotros todas las cosas PORQUE NOS AMA; nosotros debemos CORRESPONDER ESE AMOR con la bondad de nuestras obras, y muy especial y fundamentalmente, con NUESTRO MUTUO AMOR FRATERNO, tal como nos ha enseñado Jesús.
  • En el desarrollo de las próximas unidades, veremos cómo cada uno de los mandamientos (II al X) se fundamenta en este primer Mandamiento del AMOR por excelencia.

RECURSOS DIDÁCTICOS:

  • Una forma amena de introducir el tema, es mediante una dinámica, en la que se entregan a cada participante un set de siete (7) rectángulos de cartulina, del tamaño de las cartas del naipe. Con ellas, se les invita a formar una torre (dos bases en A + una base horizontal sobre ellas + una cúspide en A sobre la bae anterior). Algunos llegarán a lograr la construcción, otros no. En cualquiera de los casos, llevarles a reflexionar sobre lo difícil que es construir y mantener lo construido sin pilares que sustenten adecuadamente los materiales.
  • Otra forma es narrarles el cuento de los tres cerditos que construyen, cada uno su casa, empleando materiales inadecuados, que nos los protegen de la acción del mal: unos cuantos soplidos del lobo sobre las casas de los dos cerditos remolones son suficientes para destruir los edificios, dejándolos expuestos al ataque del enemigo. En contraste, el cerdito prudente emplea buenos materiales y logra una construcción sólida que lo protege del mal. La narración puede complementarse con la invitación a dibujar o dramatizar el relato.

Ínfimo diácono Sergio

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RESPÓNDAME, POR FAVOR...! Respuestas a una niña

1) ¿Qué valores le entrega su carrera (diaconado)?
  • Antes de nada, debes tener en cuenta que esta profesión no es como las otras profesiones. Es de ejercicio libre y voluntario, pero hay una dependencia de un Patrón que está permanentemente observando qué hacemos y cómo lo hacemos. No es remunerado con un salario, pero se obtienen a cambio muchas compensaciones espirituales que, a la larga, redundan en la calidad de los beneficios materiales (recibidos como "sobre sueldos", je-je!). De esta condición laboral, se disfrutan los siguientes valores (entre otros):
  • espíritu de servicio: que es muy propio del diácono (que, en griego, significa "el que sirve")
  • espíritu de pobreza: pues el servicio del diácono debe ser gratuito para quienes lo reciben
  • espíritu de solidaridad: es un servicio que supone hacer míos las necesidades y carencias de los demás
  • espíritu de fraternidad: pues en el conocimiento del otro uno descubre cuán semejante es a uno mismo y cómo son de comunes los destinos y las angustias que surgen en el camino
  • espíritu de superación y de crecimiento: pues siempre debemos estar dispuestos a mejorar nuestra capacidad de servicio para así cumplir de la mejor forma posible nuestro trabajo
  • espíritu de paciencia y de constancia: pues casi nunca los resultados de nuestro servicio se producen de inmediato
  • espíritu de desprendimiento y de abnegación: pues siempre deberemos estar dispuestos a renunciar a bienes o derechos personales si ellos dificultan nuestra labor de servir a quien lo necesita.
En fin, todo esto potencia un gran y central valor: amarse a uno mismo y amar a los demás de una forma similar.

2) ¿Ha tenido alguna desilusión con respecto a su carrera?
  • Sí; pues como soy simplemente un hombre, casi siempre espero resultados espectaculares de mi trabajo. Y como no hay tales resultados espectaculares, a menudo caigo en la decepción.
3) ¿Cómo ha sido el trayecto de su carrera?
  • Digo que esencialmente azaroso, pues ha estado jalonado de alegrías y tristezas; de auxilios inesperados y de largos períodos de soledad e incertidumbre.
4) ¿Cuál ha sido su mayor decisión? ¿Le tomó mucho tiempo esta decisión?

La mayor decisión que he tomado —pues cambió mi vida para siempre— fue la de aceptar el llamado o invitación a ser un diácono. Esta invitación llegó repentinamente, inesperadamente; y la decisión de aceptarla fue igualmente rápida: según algunos, actué precipitadamente. Con el tiempo, uno entiende que un llamado o invitación de esta especie no es para ser meditado y darle vueltas y vueltas: se toma o se deja. Y cualquiera que sea la decisión, ésta es para siempre.

5) ¿Por qué decidió ser diácono?
  • Hoy pienso que fue por simple vanagloria, por sentirme más capaz que otros para cambiar tanta cosa mala que creía existía en el mundo. Presumía que, de acuerdo con aquello que se dice de que "en el país de los ciegos el tuerto es rey", ser diácono era como un traje a mi medida y merecimiento. Pero, desde los primeros pasos, entendí que talvez Dios llama al diaconado no a quienes tienen más para dar sino a quienes tenemos mucho que recibir.
6) ¿Qué sintió cuando le dijeron que era diácono?
  • ¡Ah! Como en aquella época era todavía muy lolo, traducido al lenguaje de los lolos de hoy, ganas de gritar: "¡Toma, cachito de goma!". De puro vanidoso, no más. ¿Te imaginai lo que es ser el primero en recibir un título profesional de estas características? Como dirían ahora, me sentí "la raja" ; pero pronto aprendí que no era para sentirse así, pues ya en las primeras tareas ministeriales tuve que reconocer que era caleta de indigno. Y aún sigo siéndolo: "siervo inútil… capaz de hacer nada más que lo que tengo que hacer". Nada extraordinario. Más bien, corrientoncito.
7) ¿Qué antivalores ha notado en su carrera?
  • ¡Puf! Creo que, como a San Juan, me faltaría espacio para enumerarlos. Tanto en lo personal, como en la iglesia misma y, desde luego, en el mundo circundante: egoísmo, personalismo, envidia, rencor, animosidad, incomprensión, afán de notoriedad, de poder, ambiciones materiales… Mejor no sigamos, ¿ya?
8) ¿Qué lo incentivó a ser diácono?
  • Tuve modelos de buenos servidores muy próximos: mi familia, en la que descollaron mis padres, siempre atentos a las necesidades de los demás y dispuestos a extender sus manos auxiliadoras. También los amigos que tuve (Sigisfredo, Juan Alberto, Luchín, la Chila, Alicia, Berenice, ¡la señorita Ita —quien me enseñó a leer y a escribir cuando tenía yo sólo cuatro añitos— y su hermana la Esperancita!, mis profesores doña Berta, doña Alicia (de quien estaba yo enamorado ya a mis 7 años), don Pedro (marxista y ateo, pero ¡qué buen cristiano, sin saberlo él!), el señor Barbieris (mi paternal profesor de francés, siempre alternando su cátedra con la transmisión de valores), don Ítalo (mi profesor de Física y Matemática, amistoso y jovial dentro de su italiana estructura de gigante), la Estercita (¡ah, que linda era, mi profesora de Castellano y Literatura, qué suerte tuve de pololear con ella en mi último año de estudiante de educación media en el Liceo Nocturno); el Padre Alfredo, el cura Bernardino, el padre Gonzalo, los padres Juan y Nelson…, el arzobispo don Alberto Rencoret, ¡y especialmente el padre Benedicto, tan querido y recordado!, las monjitas franciscanas —la Panchita, la Atiliana, la Jesuina, la Rosa María y la María Rosa—. Más cercanamente, mi esposa y su querida familia gracias a ella, doña Pepita, y mis cuatro hijos pequeñitos en esa época pero igual de buenos enseñadores… En, fin, la lista es larga, larguísima, caleta de modelos, como puedes ver: ¿qué podía hacer sino contagiarme de su espíritu de servicio sin medida?
9) Una pequeña autobiografía de usted como diácono y persona.
  • Nací en San Miguel (Santiago) el día de difuntos de 1941; mi padre, Ángel Custodio, obrero agrícola en aquella época, emigrante en busca de mejores horizontes laborales en la gran ciudad, ya era padre de mis dos hermanas mayores —Elsa e Hilia— nacidas del matrimonio con mi madre, Rosalba a la que había conocido en la ciudad de Los Ángeles cuando ella era nana en la casa de sus patrones. A mi madre no la conocí, pues murió a los pocos días de haber yo nacido (pero no por mi culpa, ¿eh?). A cambio de ella, tuve a la mamá Yuda, segunda esposa de mi padre, con la que el viejo se casó cuando yo no tenía aún un año: imagino que de ese matrimonio sí fui yo en gran medida responsable (mi papá no sabía cómo cambiarme los pañales). Tuve siete hermanos más: cuatro fueron mujeres, una ya fallecida. Estudié en Santiago, en la Escuela República de Colombia, y la educación media (Humanística en esos tiempos) en los Liceos Diego Portales, de Hombres Nº 6, y finalicé mis estudios en el Instituto-Liceo Nocturno de San Miguel mientras trabajaba como empleado de ventas en la misma curtiembre en que mi padre era obrero especializado. Careciendo de recursos económicos para seguir estudios universitarios, obtuve un empleo como auxiliar administrativo en la tesorería provincial de Llanquihue, en Puerto Montt, en 1960, el año del terremoto. Aquí conocí a mi esposa, doña Pepita, cuando ambos colaborábamos en la Juventud Estudiantil Católica (JEC). Nos casamos en 1963. Tenemos cuatro hijos, de cuyos matrimonios hemos recibido 11 nietos más otro que viene en camino. Después de varios intentos de terminar carreras universitarias (obstetricia, ingeniería en alimentos marinos, administración) logré, ya harto viejito, mi título de Profesor de Estado en la universidad de Playa Ancha (UPLA). Durante la realización del Concilio Vaticano II, fui invitado por el arzobispo don Alberto Rencoret a integrar como secretario la Comisión del Primer Sínodo Arquidiocesano, junto al Padre Piccardo, sor Atiliana y sor Francisca (la Panchita), franciscanas, y don Alfredo Espinosa, que era Redactor de El Llanquihue. En 1970 fui llamado por el arzobispo Rencoret para el diaconado permanente, restablecido por el Concilio. Fui ordenado el 24 de mayo de 1970 por el mismo arzobispo Rencoret junto al Padre Piccardo, en la Parroquia San Alberto de Crucero, siendo párroco Juanito Espinoza. Como diácono me ha correspondido prestar servicios en distintas parroquias y comunidades. El servicio más prolongado (25 años) ha sido en la Casa San José, junto al fallecido Padre Benedicto Piccardo. Allí sigo aún, con la gracia de Dios y la paciencia (santa paciencia) de las monjitas del San José, y colaborando en la catequesis familiar del Colegio Arriarán Barros.